Crónicas de una noche mágica

Era lunes, después del fin de semana me tocaba volver al colegio, el cual lo cursaba de tarde. Recuerdo que yo sabía que esa noche se jugaba un clásico por demás importante, pero lo concreto es que no lo recordé hasta que llegué a la escuela. No es que era poco fanatico o que no me interesaba mucho lo que podría pasar, si no que en esa época no había ni la calidad de celulares que hay ahora, ni obviamente redes sociales, por lo tanto, las únicas fuentes informativas eran el diario o el noticiero, pero ese día yo no había chequeado ninguna de esas dos opciones. 

 

Cuestión, cuando llegué a mi aula, todos estaban hablando de ese partido, con frases que seguramente cada uno de mis compañeros las habían copiado del mundo adulto. Lógicamente, con promedio de edad de diez años, era común imitar la opinión que se escuchaba en casa, pero sin embargo, uno de aquellos comentarios me quedó grabado. Recuerdo que se hablaba del gran presente del arquero rival (Justo Villar) y que por eso, si nos tocaba ir a penales estábamos condenados. Claramente, mi inocencia hacía que yo ruegue por no llegar a penales, hasta llegando a pensar imágenes de lo que podía llegar a suceder si llegabamos a la tanda desde los doce pasos.

 

Mi jornada estudiantil terminó y yo volví con mi mamá a mi casa como todos los días. Siempre un rato más tarde llegaba mi viejo de trabajar, pero me acuerdo que ese día volvió super apurado y gritándome que me cambie, que un amigo le había regalado dos entradas para el partido y encima en la zona preferencial que está ubicada bien en el centro de la zona baja de la platea que da al río. Sin poder creerlo, salimos rápido, porque si bien faltaba para el inicio del cotejo, a mi viejo le gustaba ir temprano a la cancha. En aquel trayecto, mi mamá fue quién nos llevó, y sólo recuerdo a mi papá haciéndonos entender que este partido era "el cielo o el infierno".

 

Una vez en Arroyito, me tocó conocer zonas de la cancha donde nunca había estado, ya que las veces que había ido, había sido en la popular o en la platea de enfrente. Llegamos a nuestras plateas y la cancha ya estaba colmada. A nuestro lado estaba Ayelén Stepnik que aquel momento formaba parte de Las Leonas y muy cerquita también el periodista Walter Queijeiro que estaba cubriendo para Fox Sports. Había un ambiente de partido importante, algo que nunca había vivido, porque siempre que había ido era en partidos "más tranquilos".

 

No tengo memoria de aquel recibimiento, pero si me acuerdo que no era un ambiente colorido, ni de Central ni del rival, teniendo en cuenta que habían prohibido entrar banderas y demás cosas que enriquecen el marco. Lo que sí me acuerdo es que la cancha estaba colmada, y que por mi estatura me tuve que subir a un especie de paravalancha que tenía el sector preferencial, el cual estaba para dividir las butacas que tenían respaldo y las butacas típicas que pusieron para el Mundial '78.

 

Empezado el partido, se tornaba de ida y vuelta, hasta que un momento Scocco se la picó a Ojeda y al ver la pelota entrando se empezó a escuchar el grito de gol de la tribuna visitante. Agaché la cabeza para no ver eso, y fue en ese momento que el grito de gol se transformó en un "UUUHH". Lo miro a mi papá sin saber lo que había pasado y él después de contarme brevemente la jugada, me dijo con un tono sutil de soberbia: "Yo sabía que Raldes la iba a sacar". Esa frase no me la olvido más, porque en ese momento me volvió el alma al cuerpo.

 

Ya sobre el final del primer tiempo, llegó el gol. Nosotros estábamos del lado donde se ejecutó el tiro libre y teniendo en cuenta la gente que había no me era fácil ver todo. Lo único que vi, fue a Marco Ruben saltando a cabecear y posteriormente una pelota que salió desde atrás del tumulto de jugadores, la cual hizo que la red vibrara. En ese momento con mi papá quedamos paralizados un segundo, para después explotar en gritos y alegría. ¡Estabamos ganando el clásico en una copa internacional!.

 

Del complemento no tengo muchos recuerdos, pero si la última jugada, la que solo vi como Ojeda mostraba la pelota que había tapado con la cola, para después despejar y desatar la locura. Imposible olvidar cómo explotó la cancha cuando Elizondo pitó el final. Me acuerdo ver a los hinchas visitantes corriendo por la represión policial y yo sonriendo mientras decía que huían por miedo a Central.

 

Es sin dudas uno de los recuerdos más lindos que guardo en mi corazón y lo poseo gracias a mi papá, que me eligió a mí para ir a ese partido, corriendo riesgos, teniendo en claro que podía haber incidentes si quedábamos afuera. El marco, el desarrollo del partido y el pensar que hasta tres horas antes yo tenía planeado verlo por televisión, hizo que aquella noche del lunes 29 de agosto de 2005, sea mágica.